El Santuario Virgen de la Balma no se construyó sobre la montaña: nació dentro de ella. Excavado en la misma roca que sostiene la hospedería, es un lugar que desconcierta antes de emocionar, donde la piedra, la sombra y el silencio parecen guardar algo que no se explica del todo.
Siglos de peregrinos han subido hasta aquí buscando lo mismo que se siente al cruzar su puerta: un aire místico, casi mágico, que no depende de la fe de cada uno para sobrecogerte. Es ese misterio, más que cualquier otra cosa, lo que hace que nadie salga de la ermita igual que entró.
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